10 Octubre 1883

Anoche vinieron todos los filipinos. Lete me dijo que había preguntado a Rizal qué era lo que teníamos que hablar, y que había dicho que nada. Y me añadió:–¿Es Vd. la que tiene que hablar con él?

–Sí, le contesté, lo que siento es que lo haya Vd. dicho; no volveré a decirle nada.

–Yo también lo siento, pero ya no tiene remedio.

Rizal, como estaba advertido por Lete, me dirigió varias veces la palabra y me preguntaba como en otros tiempos al jugar, si ganaría, pero yo no quise tener con él la confe- rencia para hacer ver a Lete que no tengo interés, y además porque ya es más difícil. ·

A yer fuí con papá a ver al Rey que venía de su excursión; el entusiasmo fue grandísimo . . . Nosotros fuimos llevados también entre aquel oleage, y cuando se aclaró un poco, oigo una voz que me dice:–Por aquí, Consuelo, por aquí.– Era Maximino (Paterno) que iba con su hermano, con Ventura (Valentín) y Rizal. Éste me preguntó si yo sabía el por que todos estaban tan aplicados.

–Porque han comprendido lo mal que hacían y abjuraron de sus errores.

–No; porque han sabido que es una condición precisa para ciertas cosas el tener una carrera y·por eso estudian, para poder aspirar a ellas.

Hablamos mucho y no lo recuerdo todo.–Si yo creyera en ciertas cosas–continué–diría que Vd. es inmortal.

–¿Inmortal?

–Por muchas cosas.

–Por ninguna creo serlo, me parece que moriré pronto y si sucede una cosa’ que he pensado y que a nadie he dicho, yo le avisaré a Vd. esté donde esté para que vea Vd. que tengo razón.

–Apuntaré eso que Vd. me ha dicho enseguida que llegue a casa.

¿Que interpretación habría dado a mis palabras? Luego me dijo que no creía en nada, que no tenía fé.

–¿Y como puede Vd. vivir? –Sin ella.

–Por el contrario yo pienso que debemos creer en algo que nos aliente en nuestras empresasy nos conforte en la desventura.

–Cuando un cura lo dice, no lo creo; si fuera Vd.Ia que lo dijera, lo creería. ·

–¡Ojalá tuviera yo poder para que Vd. creyera! Calló y me dijo al cabo de un rato:

–Ni en el cariño de los padres creo; el mío me quiere, pero si yo no volviera o tardara diez años en hacerlo no se acordaría de mí.

–No diga Vd. eso; yo creo poco, y si me habla Vd. así no creeré en nada. El cariño de los padres no muere.

–Yo no he sido padre; sin duda por eso …

–Yo tampoco, pero por el cariño filial juzgo el paterno. Me he separado de papá por unos veinte días y cuando partió el tren ¡iba tan contenta! . . . me parecía que por la noche iba a volver a casa, pero al llegar al pueblo donde iba, a pesar de mis esfuerzos y de que no soy fácil a las lágrimas, no pude ·contenerme y me eché a llorar . . . y todos los días me acordaba de él.

–Estaría Vd. sola.
–No; venía también mi hermano conmigo.
–No hablemos de esos cariños. ¿Y los otros?
–¡Oh! en esos … estamos conformes.
Cuando era yo pequeña oía decir que no puede existir la amistad entre dos muchachos, y yo decía: ¿que tendrá que ver que sean de distinto sexo? He querido hacer la prueba y veo que es verdad. Creí en un amigo, amigo no más, y salimos, como en el Rosario de la Aurora.

–Yo lo sería de Vd. sino fuera eso demasiado para mí; yo no puedo aspirar . . .

–¿Y si se le concede a Vd.?

Nos interrumpieron para que cruzáramos la calle entonces Sanmartí (notable escultor catalán de aquel tiempo, autor de algún monumento secundario) a quien también encontramos, se colocó a mi lado.

También me dijo Rizal que si le preguntaba qué tal había pasado el día (por Lete) ¿qué diría?

–La verdad, le contesté.

–Entonces, le diré que lo he pasado muy bien; que he visto a la Reina y al Rey. (Es de notar que el padre de Consuelo se apellidaba Rey de segundo apellido.)

–Ha sido Vd. más afortunado que yo, le dije–Como si no comprendiera.

–La Reina estaba al lado de un señor . . .

Me parece que Lete no estaría anoche muy satisfecho, por- que sabe Dios lo que Rizal le diría.

Cuando todos se marcharon, Rizal le decía a papá para que yo lo entendiera:–

–España (Consuelo) debe aliarse a otra Nación. (Papá)-No señor; España está bien así. (Rizal)-Tiempo es ya de que deje de ser una Nación de segundo orden.

(Papá)–Vd. ya sabe la historia de España; no ignora Vd. por tanto que siempre que se ha aliado, más perdió que ganó.

(Rizal)–Sin embargo, la alianza con una Nación joven, rica, y fuerte, creo que en las actuales circunstancias y aun para el futuro habrá de serle muy beneficiosa, aun cuando no sea mas que por el apoyo que necesita la Monarquía un tanto debilitada por . . .

–¿Debilitada? ¿Como? Nunca reposó sobre más sólidos fundamentos, nunca fue más querida del pueblo que vé en ella el símbolo de la regeneración, de la paz, de la nueva vida.

–Exacto, Don Pablo, pero solo en la forma, no .. en el fondo que representa el símbolo. El pueblo, parte de él, ama a la Monarquía per accidens, porque representa la paz de España a la que ama per se, porque aún cree en esa anhelada regeneración de su pasada grandeza; pero los pri- mates del pueblo adoran en ella, sobre todo alguno que pone los jalones para adueñársela con el sano propósito de gober- narla al hacerla suya.

–No, amigo Rizal. España por sus condiciones, por las tristes experiencias del pasado, puede muy bien continuar así, alejada de todo género de motivos de perturbación y desmembramiento.

–Tiempo es ya de que hable, de que haya algo, es impo- sible que siempre esté igual.

–España no hará nada, y en esa idea están también sus más ·grandes estadistas.

–¿Y si el pueblo lo quiere?
–No querría; eso no puede ser.
– -De cuanto se escucha y se lee, se deduce que bien pudieran en este mes ocurrir muchas cosas . . . y en fin yo hago·votos por la tranquilidad y la felicidad del país.

Si alguien leyera esto, vería sin gran esfuerzo la gran intención de este hombre que con suma habilidad supo man- tener largo espacio de tiempo un diálogo que para un indi- ferente o que como papá no estuviese enterado, era absolu- tamente político, pero que para mí estaba reducido a la cuestión que pudiera llamarse Lete-Consuelo-Rizal.

La casualidad hacía que papá le contestara en términos como si yo le hubiera apuntado, de tal modo que al decir que lo que había pasado entre España y Alemania era casi una alianza (mi plazo concedido a Lete) papá le contestó que no significaba nada; en tanto la sanción oficial no recayere con actos ostensibles que no dejaran lugar a duda.

En fin, ayer fué uno de esos días que se recuerdan siempre.

All the Filipinos came last night. Lete told me that he had asked Rizal what we were going to talk about, and replied that it was nothing.

And he added: “Is it you who have to talk with him?”

Yes,” I answered, “what I regret is that you have told him; I’ll not say anything to him again.”

“I, too, am sorry, but now nothing can be done.”

As Rizal was warned by Lete, several times he spoke to me and asked me as formerly if I would win in the game but I didn’t want to have a conference with him to show Lete I was not interested and, besides, it was already becoming difficult.

I went with Papa yesterday to see the king returning from his excursion. The enthusiasm was great. . . . We were also carried away in that surge and when it cleared a little I heard a voice telling me: “Over here, Consuelo.” It was Maximino (Paterno) who was with his brother, Ventura (Valentin), and Rizal. The last asked me if I knew why all were so studious.

“Because they have realized the evil they were doing and they abjured their errors.”

“No; because they have learned that it’s a prerequisite to certain things to have a career and for that reason they study in order to aspire for them.”

We talked a great deal and I don’t remember everything. “If I believed in certain things,” I continued, “I would say that you’re immortal.”

“Immortal?”

“For many things.”

“For none I believe; it seems to me that I’ll die soon and if one thing that I’ve thought of and I haven’t told anybody occurs, I’ll notify you wherever you may be to show you I’m right.”

“I’ll note down what you have told me as soon as I get home.”

What interpretation had he given to my words?

Later he told me that he believed in nothing, that he had no faith.

“And how can you live?”

“Without it.”

“On the contrary I think we ought to believe in something that may encourage us in our undertakings and may comfort us in our misfortune.”

“When a curate says it, I don’t believe it; if you should say it, I would believe it.”

“God grant that I may have power to make you believe!”

He kept silent and after awhile he said to me: “Neither do I believe in the love of parents; mine love me, but they would not remember me if I would not return or I’m delayed ten years in returning.”

“Don’t say that; I believe little and if you speak to me thus, I’ll believe in nothing. The love of parents doesn’t die.”

“I’ve not been a father, undoubtedly for that reason. . . .”

“I neither, but I judge filial love by the paternal. I’ve separated from Papa for some twenty days and when the train left I was very happy. . . . It seemed to me I was going back home at night, but upon arrival at the town where I was going, despite my efforts and I’m not given to tears, I couldn’t control myself and I cried . . . and everyday I remembered him.”

“You must have been alone.”

“No; my brother was with me.”

“We don’t speak of those loves. And the others?”

“Oh, we are agreed on those.”

When I was small I heard it said that friendship couldn’t exist between two boys, and I said: What has distinct sex got to do with it? I wished to try the experiment and I see it’s true. I believed in a friend, nothing more than a friend, and we broke up quarreling.”

“I would be yours if that wee not too much for me, I can’t aspire. . . .”

“And if it’s granted to you?”

They interrupted us in order to cross the street, and then Sanmarti, whom we met, stood beside me.

Rizal also asked me what I would say if Lete would ask me how I spent the day.

“The truth,” I replied.

“Then, I’ll tell him that I spent it very well, and then I saw the Queen and the King.”

“You’ve been more fortunate than I,” I said to him as if I didn’t understand him.

“The Queen was beside a gentleman [sic.!]. . . .”

It seems to me Lete would not be very much satisfied for God knows what Rizal would tell him.

When all had left, Rizal told Papa for me to hear:

“Spain ought to ally herself with another nation.”

Papa: “No sir; Spain is all right as she is.”

Rizal: “It’s time she ceases to be a second class power.”

Papa: “You know Spain’s history, therefore you know that whenever she allied herself with other powers she lost rather than gained.”

Rizal: “However, an alliance with a young, rich, and strong nation, I believe, in the present circumstances and even in the future must be beneficial to her, though it may be only a support that a weakened monarchy needs. . . .”

“Weakened? How? Never has it rested on a more solid foundation; never was it more loved by the people that see in it the symbol of regeneration, of peace, of new life.”

Rizal: “Right, Don Pablo, but only in form, not at the bottom, as it represents the symbol. The people, as part of it, loves the monarchy per accidens, [Contingently, indirectly, by virtue of some chance, circumstance, or happening. Latin for, by happenstance. Opposite of per se. – rly] because it represents the peace of Spain which it loves per se, because it still believes in that longed-for regeneration of its past grandeur; but the primates of the people adore above all someone who is determined to take possession of her with the same purpose of governing her.

Papa: “No, Friend Rizal, Spain, because of her condition, her experiences in the past, can very well continue thus, aloof from every kind of occasions of disturbance and dismemberment.”

Rizal: “It’s time for her to speak, do something; it’s impossible to remain always the same.”

Papa: “Spain will do nothing; her greatest statesmen are also of that idea.”

Rizal: “And if the people want it?”

Papa: “It will not like it; that can not be.”

Rizal “From what is heard and read, it’s deduced that many things might occur this month . . . and in short I pray for the tranquility and happiness of the country.”

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
If someone reads this, he would see without much effort the grand intention of this man who, with the greatest ability knew how to sustain for a long time a dialogue that to an indifferent person, or like Papa who was not informed, was absolutely political, but to me was reduced to the question that could be called “Lete – Consuelo – Rizal.”

By chance Papa answered him in terms as if I had prompted him, so that in saying that what occurred between Spain and Germany was almost an alliance (the time I granted Lete), Papa replied it signified nothing, in the meantime, official sanction did not fall back on ostensible acts that leave no room for doubt.

In short, yesterday was one of those days that would always be remembered.

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