6 Agosto 1896

6 JUEVES—MANILA

Al amanecer entrábamos en la bahía de Manila habiendo pasado la mareada punta de Santiago durante la noche, casi sin apercibirnos de ella. La bahía de Manila, ancha pero abierta a todos los vientos. A nuestro estribor, a lo lejos divisábamos Cavite y al frente la Capital blanca, también gracias al hierro galvanizado.

Contra lo que esperábamos; no encontramos al vapor correo Isla de Luzón por más que lo buscamos, y era porque había sido despachado el día antes a las 5 p.m. para la Península.

¡Cuántos pensamientos acudieron a mi espíritu al entrar otra vez en el Pásig! 12 A la derecha ví que en las obras del Puerto habían hecho algo al fin en el espacio de 4 años. Estas obras se empezaron el año 80 u 81, si mal no me acuerdo.

Nos salió al encuentro una lancha Holdfast que traía a un teniente de la Veterana, el Sr. Sanz, enviado por el Cpn. General para enterarse de mi llegada y hacerse cargo. de mi persona hasta que aquél dispusiese. Así me lo comunicó en efecto. La lancha se marchó, volvió al cabo de una media hora y traía órdenes de que yo no desembarcase. Al cabo de un rato vinieron mis hermanas Lucía, Trinidad, María, mis sobrinos Antonio, Leoncio, Patrocinio y mi anciana madre. Después vino el Comte. de la Veterana con un teniente a notificarme que el Sr. Sanz se iba a quedar para hacerme compañía, que a las 7½ vendrían a sacarme para llevarme a la Comandancia y que después me iría a casa.

Pasamos el día hablando, discutiendo y jugando al ajedrez hasta la noche; pero a las 7½ no llegaron los señores. A visaron que vendrían a las 10: 15. Entretanto, vinieron a visitarme Sra. Narcisa y Josefina. A las 10: 15 vinieron en efecto y me dijeron que S. E. había cambiado el itinerario y había dispuesto que me trasladase al crucero Castilla Esto me contrarió bastante pues me privaba del placer de ver a mis padres. ¿Qué iba a hacer sino conformarme?

Nos embarcamos en un bote que nos condujo al cañonero Otálora, mandado por un joven alférez de navío, llamado Sr. Antelo, que, aunque era delgaducho y poco guapo, resultaba muy agradable y simpático: sobre todo sabía recibir en su barquichuelo a la gente. Disgustado y soñoliento hicimos el viaje hasta el Castilla que estaba en Cavite. Hacía mal tiempo; la noche era oscura, llovía. El joven teniente de la Veterana que venía con nosotros parecía que era un chico que había estudiado y que poseía el árabe y había enseñado el árabe en no sé qué academia. Hablaba de la necesidad que había en el ejército del árabe por su proximidad al África. Yo tenía mucho sueño y no podía sostener la conversación.

Al fin avistamos al Castilla; se pidió la lancha de vapor, a la cual trasbordamos y de ésta pasamos al Castilla. El Sr. Antelo se adelantó, nosotros le seguimos.

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