24 Febrero 1884

Anoche como en antiguos tiempos estuve hablando con Rizal; me decía que ahora, si él hiciera el amor a una muchacha, se lo haría de boquilla, puesto que como Vd. sabe mi corazón está seco. . .

–Es una manera de ganar siempre; pero no se fíe Vd. porque es fácil que alguna lo despierte.

–Todo es posible. Hay mujeres capaces de obrar mila- gros. Una hay que lo ha hecho, ha logrado convencerme.

–Eso es algo, ya tiene Vd. ahí . . .

–Sí, es cierto, pero el haberla encontrado no quiere decir que la tenga.

–Es verdad, es ya mucho, es casi la mitad del camino recorrido . . .

–En las tiendas de cambio, se ven muchos billetes y muchas monedas atrayentes y sugestivas, pero Vd. no ignora que si uno se atreviese a pedirlas . . .

–No es exacta la comparación que Vd. hace. Un billete seguramente no se lo darían, pero un corazón, si Vd, se empeña, es posible que sí.

Esto es lo que vagamente recuerdo de nuestra conversación; pero en el batallar de aquel alma, en la intención profunda de sus palabras que articulaba una a una subrayándolas con acentos de pasión mal contenida, hubo un momento en que me pareció oírle (¡presunción en mí de juventud tal vez!) “Vd. es la mujer que ha obrado ese milagro, la amo a Vd.”–y ciertamente, o mucho me engaña el corazón y quien sabe si la satisfacción de ser amada, por el hecho de serlo tan solo, ciertamente me pareció que estuvo a punto de decirlo, pero se contuvo, no tanto ante el temor de una repulsa, como por no hacer traición a su amigo (jGrande y noble amigo mío! Nota de E. de Lete) pero puedo decir sin temor a equivocarme que por su imaginación pasó cuanto antes escribí y que anoche fué feliz y desgraciado a un tiempo mismo.

Last night as in former times I was talking with Rizal. He said that now if he would make love to a girl, he would do it “with the mouth, inasmuch as my heart is dry, as you know.”

“It’s a sure way of winning; but don’t be confident because it’s easy for someone to awaken it.”

“Everything is possible. There are women capable of performing miracles. There’s one who has done it, has succeeded to convince me.”

“That’s something, already you have there. . . .”

“Yes, it’s true, but having found her doesn’t mean that I have her.”

“It’s true, it’s already much, and it’s almost half-way. . . .”

“At the money-changers many bills and attractive and suggestive coins are seen, but you know that if one should dare to ask for them. . . .”

“The comparison you make is not exact. They wouldn’t give you certainly a bill, but a heart, if you persist, it’s possible they would.”

This is what I vaguely recall of our conversation; but in the struggle of that soul, in the profound meaning of his words that he articulated one by one underlining them with the accents of passion that he could ill conceal, there was a moment when I seemed to hear him (presumption of my youth, perhaps!) say: “You’re the woman who has performed that miracle, I love you,” and certainly, or my heart deceives me greatly, who know if the satisfaction of being loved, of the mere fact of being so, certainly it seemed to me that he was at the point of saying it, but he refrained from doing so, not so much for the fear of being repulsed but for not being a traitor to that friend, but I can say without fear of making a mistake that there passed through his imagination all that I wrote and last night he was happy and unfortunate at the same time.


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