30 Diciembere 1883

El otro día enseñé a Matilde (su amiga) el retrato de Amelía Ortega (una señorita filipina que vivía en Manila en la casa de los señores de Marzano) que fué novia de Manuel (Marzano que estuvo en España recomendado al Sr. Ortiga y Rey padre de Consuelo. Manuel era hermano de Gonzalo) y la pregunté si le gustaba.–No es fea–me dijo–pero no me hace mucha gracia.

–¿Por qué?

–Ya te lo diré. Y la señalé a la hija de Fernando (primo de Consuelo) que estaba con nosotras. No me volví a acordar de esto, cuando por la noche se pusieron a hablar Rizal y papá y oíamos que mentaban a Manuel (Marzano muerto en Madrid).

–Ese es el muchacho-dije a Matilde,–de quien te comencé a hablar, el del cuadro, ¿no te acuerdas?

–Sí; dímelo-y se sentó a mi lado. Y bajito le dije:–La muchacha que te enseñé esta tarde, era la novia de ese– y no la quise decir más porque este mi secreto no lo diré a nadie, pues tenía yo miedo de confirmármelo a mí misma.

Rizal me miró y me dije enseguida: –Va a pensar en esto y como no encontrará solución recurrirá a mí.

En efecto, anoche en cuanto entró se acercó a mí (y a pesar de su fuerza de voluntad y de los consejos que dá, se le veía agitado) y me dijo:-Consuelo, ¿me permite Vd. que le haga una pregunta?

–La que Vd. quiera-le contesté.
–¿No seré indiscreto?
–No señor.
–Si lo fuera, no me-conteste Vd.. ¿Qué dijo Vd. a Matilde de ese, el del cuadro?
–¿Cree Vd. que lo dije por Vd.?
–Sí; replicó con la cabeza.
–Pues no; hablaba de un retrato de mujer que le enseñé por la tarde y para que no le quede a Vd. duda, era el de esa joven llamada Amelia.

–No necesitaba Vd. haber dicho tanto, me bastaba su palabra. ¿Sabe Vd. que se ha casado?

–Sí; hace mucho tiempo.
–No; hace cinco meses.
–¿Nada más? Pues hace tres años que vino aquí la noticia.
–Entonces, será con otro; en esa época estaba en el colegio.
Creo que Rizal sospechará algo con esta conversación pero para que llegue a la verdad le queda mucho camino que andar.

Más tarde me hizo mucha gracia lo siguiente:

Dormitaba yo próxima a la chimenea cuando Rizal sacán- dome de mi adormecimiento, me dijo:-¿Tiene Vd. sueño?

–Sí que lo tengo.
–¡Parece mentira!
–¿Por qué?
–Por estar al lado del fuego.
–Por eso mismo,-interrumpió mi hermano Rafael (muerto en Manila)–el calor de la chimenea dá sueño. –Repito que me parece mentira.
–Sí,–dijo el escultor Sanmartí,–el fuego adormece. Yo reventaba de risa ante aquel quid pro qua y no pude contenerme al oir a Lete que bajito decía: ¡Tontos!
Solté la carcajada, imposible ya de contenerme y de disimular.

The other day I showed Matilde the picture of Amelia Ortega who became the sweetheart of Manuel (Marzano) and I asked her if she liked it. “She is not ugly,” she said, “but she doesn’t please me much.”

“Why?”

“I’ll tell you later.” And she pointed to Fernando’s daughter who was with us. I didn’t remember this until evening when Rizal and Papa were talking and we heard them mention Manuel.

“That’s the chap,” I said to Matilde, “of whom I began to tell you about, the chap of the picture, don’t you remember?”

“Yes; tell me about him,” and she sat beside me. And in a low voice I told her: “The picture I showed you this afternoon was that of the fiancée of that man.” And I didn’t want to tell her more because I’ll not tell my secret to anybody, for I’m afraid of confirming it even to myself.”

Rizal looked at me and I said to myself: “He’s going to think of this and if he doesn’t find a solution, he’ll resort to me.”

In fact, last night as soon as he entered he approached me (and despite his will power and the advices he gives, he was agitated) and he said to me:

“Consuelo, will you allow me to ask you a question?”

“What you like,” I replied.

“Will I not be indiscreet?”

“No, sir.”

“If I should be, don’t answer me. What did you tell Matilde that ‘that’s the picture’?”

“Do you think I said it for you?”

“Yes,” he nodded.

“Well no; I was talking about a woman’s picture that I showed her in the afternoon and so that you may not doubt it, it was of that young woman called Amelia.”

“You need not have said so much; your word is enough for me. Do you know that she has married?”

“Yes; a long time ago.”

“No; five months ago.”

“Only? Well, three years ago the news came here.”

“Then, it was with another; at that time in the college.”

I believe Rizal will suspect something about this conversation, but he has a long way to walk to reach the truth.

Later the following amused me very much.

I was napping close to the chimney when Rizal, rousing me from my drowsiness, said to me:

“Are you sleepy?”

“Yes, I am.”

“It seems incredible!”

“Why?”

“For being beside the fire.”

“For that very reason,” interrupted my brother, Rafael, “the warmth of the chimney induces sleep.”

I repeat it seems to me incredible.”

“Yes,” said Sculptor Sanmarti, “fire induces sleep.”

I was bursting with laughter at that quid pro quo and I couldn’t control myself on hearing Lete say, “Stupid!”

I burst out into laughter, no longer able to hold myself and dissimulate.

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